lunes, 2 de noviembre de 2009

Rock masticable

ENCARNAN UN PARADIGMA DE ESTA DECADA: SE HICIERON CONOCIDOS POR LOS GRAFFITIS EN LAS PAREDES A LA VIEJA USANZA, PERO TAMBIEN EN LA WEB DONDE COLGARON POR PRIMERA VEZ EL SENSEI, UN HIT ELEGIDO POR EL NO COMO UNO DE LOS 100 TEMAS DE LA DECADA. PERO NO SON EL CAPRICHO DE NINGUN PERIODISTA SINO DE SU PROPIA GENTE. EN DICIEMBRE, POR PRIMERA VEZ, VAN A TOCAR SOLOS EN UN ESTADIO ABIERTO QUE BANCA HASTA UNAS 14 MIL PERSONAS, Y EN DOS SEMANAS YA VENDIERON LAS 2 MIL ENTRADAS DE PRE-VENTA. “FERRO VA A SER UNO DE ESOS MOMENTOS MILAGROSOS QUE TIENE LA VIDA”, DICEN.

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–Tiempo presente. El sol baña las veredas de Palermo Algo. Adosado a la puerta de la radio del rock nacional, un ramillete de colegialas uniformadas espera a Piti y compañía, pero parece sorprenderse cuando los ven en carne y hueso. “¡Ay, lo amo!”, cholulea una antes de la característica sesión de fotos amateur condenada al fotolog. Tanta naturalidad indica que se trata de un momento más en la prodigiosa vida de Las Pastillas del Abuelo.

Flashback #1. Dos o tres minutos antes del rock nacional y las colegialas, Piti apretaba su auto rojo entre otros dos y bajaba algo mareado. Junto a él desembarcaban su jefe de prensa, el guitarrista Bochi y un cronista. Al cruzar la calle, las dos únicas personas que andaban por ahí les pedían una foto. No se sorprendían, accedían pacientes y con un poco de entusiasmo, como quien juega un juego del que no quiere bajarse, quizá porque sabe que se puede acabar.

Flashback #2. Amanecía junio de 2006 cuando el NO decía haber detectado un error en el sistema, al anunciar que una banda local había logrado sostener un buen piso de público sin pagar por rotar en las radios, metrallar con publicidad o ser respaldada por un productora fálica. “Lamentablemente venimos con suerte”, era el textual testigo de un incidente algo burlesco, el de un grupo cuyo mayor escollo había sido tener demasiada gente en un show.

Flashback #3. Un par de horas antes, el mismo sol de Palermo también encendía Caballito, donde tres tipos en pechera le probaban penales a un arquero esclavizado. Bien al fondo, nueve cuerpos desparramados sobre las gradas resumidas de la cancha auxiliar de Ferro tienen su charla técnica, pero sin fútbol en la agenda. A tres cuadras de la que fuera su sala de ensayo, los siete músicos (Piti, Bochi, el guitarrista Fernando Vecchio, el tecladista Alejandro Mondelo, el baterista Juan Comas, el bajista Santiago Bogisich y el saxofonista Joel Barbeito) y sus dos managers imaginan in situ la ejecución de su último gran propósito. Por primera vez van a mostrarse solos en un estadio abierto –la auxiliar banca hasta 14 mil personas–, y los números ya son favorables: en menos de quince días volaron las 2 mil entradas de pre-venta. “Ferro va a ser uno de esos momentos milagrosos que tiene la vida”, titula Piti con la certeza de que hasta ahora las estadísticas jamás les hicieron contraplano: en 2006, entre Colegiales y Flores, llenaron siete veces El Teatro; en agosto de 2007, también en Flores, echaron siete fechas seguidas; en abril de 2008 agotaron el Luna Park, y más tarde brindaron dos veces en el estadio cubierto de Argentinos Juniors. Esa racha y las diferentes giras por las provincias argentinas revelan que su historia es federal. El tiempo pasó. Algunas riendas se estiraron, y concretar una entrevista con ellos lleva algunos meses más que en aquel 2006. La casa de Piti está recién pintada de blanco. “¡Qué bueno quedó esto!”, aplauden Bochi y Fernando. Aunque sus aspectos físicos no cambiaron (excepto por el rapado de Joel), las agujas giraron en muchos otros espacios: más público, más discos, más familia, más dinero, más prensa, más críticas, más horas de ensayo, sala propia, la casa de Piti recién pintada de blanco, un nombre ya instalado, menos tiempo libre y un adiós a sus anteriores trabajos formales. Con este panorama gaucho, y tres meses antes de que el Norte disparara con el brete financiero, ¿cómo llegan Las Pastillas del Abuelo a llamar Crisis.* a su tercer y último disco? “El título lo puso Martín, el iluminador, de acuerdo con el momento que estábamos pasando. Eso da cuenta de lo que es la familia pastillera, en la que todos tenemos lugar porque sentimos por igual”, endulza Piti, y Bochi relata: “Fuimos al diccionario y la primera definición que encontramos fue la de proceso de cambio, de crecimiento, algo muy positivo que uno no suele asociar con la palabra”. Así, en 2008 fue lanzado el disco cuyas canciones están planteadas como interrogantes del estilo “¿Qué carajo es el amor?” , “¿Dónde esconder tantas manos?” o “¿Qué pretendo no saber?”.









–¿Cuál era la situación?
Fernando: –Estábamos profesionalizándonos y transformando nuestras vidas en torno de esto. Las rutinas cambiaban mientras dejábamos los laburos porque Las Pastillas ya nos generaban ingresos suficientes. Lo que era un hobby súper divertido seguía existiendo, pero teníamos una nueva obligación, porque ahora si tenemos que ensayar a las ocho es a las ocho, y la gira es la gira. Por otro lado, yo vivía con una mina y me separé, Bochi y Santi tuvieron sus hijos... Cada uno sentía que algo estaba cambiando. Una vez que te encontrás con el disco armado, con el arte y las preguntas, todo parece súper lógico, pero eso llegó cuando nos dimos cuenta de que todos los temas habían sido escritos en medio de ese estado de introspección. A partir de ahí sí, todo se desencadenó facilísimo.

–Una vez decidido el nombre, ¿cómo desarrollaron la idea de la crisis?

Piti: –Una forma de superar las crisis es haciéndose preguntas sobre el momento que uno transita, y en un principio el nombre iba a ser en forma de pregunta. Después vino la idea de que los temas mismos fueran preguntas, porque cada uno era una especie de respuesta.
Fernando: –Definimos los nombres de las canciones una tarde todos reunidos y con un cuaderno. Mirá que somos siete tipos, y a veces ponernos de acuerdo en una pelotudez nos lleva seis reuniones, pero salieron todas esa misma tarde.

–La palabra supone algún obstáculo a superar. ¿Qué se les interponía?

Piti: –Los momentos de crisis se pueden relacionar con la desconfianza frente a un desafío. El juego de llamar así al disco es un intento de que esa falta de confianza se haga... me sale “cotidiana”, pero no es la palabra, tratar de desdramatizar, utilizarla. En la reunión que hicimos en la cancha hablamos sobre el doble sentido de las palabras, cuando para la mayor parte de la gente el miedo invoca una sensación de sufrimiento que en realidad no debería paralizarla sino ser un motor, porque la mayoría de los logros de un ser humano es posterior a algún miedo. La idea no es que te olvides de las crisis que te retrotraen a momentos malos sino que también te acuerdes de las que estuvieron buenísimas, minimizar la sensación de fracaso.

Fernando: –Nosotros somos siete, más managers, más prensa, más asistentes, sonidistas. Las Pastillas del Abuelo es un grupo grande de gente que asume desafíos con miedo e incertidumbre, sin la seguridad de no estar cagando más arriba que el culo, pero que siempre va para adelante. Y hay cosas que nos salen bien y otras mal, pero no significa que haya que dejar de hacerlas sino encararlas en forma creativa.

Piti: –Es difícil que hoy la gente pueda entender la palabra desde el punto de vista en el que nosotros la entendimos, cuando la crisis económica no era tal. Si pudieran cerrar los ojos por unos segundos e imaginarse qué era para ellos la palabra antes de esto, ni siquiera habrían podido pensarlo, porque lamentablemente en esta sociedad uno empieza a pensar las cosas cuando salen en los canales importantes. A nosotros nos tocó pensar en el término cuando no era algo vulgar, y lo fuimos a buscar nosotros, no al revés. Después la globalización lo hizo algo más desagradable y conectó a la gente con esa falta de confianza terrible.

–La Argentina es un país acostumbrado a transitar crisis, podría leerse desde ese lado...
Fernando:
–Un país que cae en crisis incesantemente no ha aprendido a quedar mejor parado, aunque sea en valores humanos. Nosotros, después del éxito entre comillas, después de cumplir el sueño al que tanta expectativa le pusimos y que tanto miedo nos dio cumplir, nos preguntamos: “¿Qué pasa después de esto?”. Había que seguir soñando, realimentar la historia. Ahí entendimos que estábamos pasando por un momento crítico, pero que no estaba todo mal, eran solamente cambios.

Piti: –El económico es sólo un aspecto de la crisis. En este país hay una crisis de principios y, por sobre todo, de amor. Nosotros ponemos el ojo en esa crisis de amor, y no me da vergüenza decir que somos un grupo de pibes que llegan a llorar en las reuniones porque se quieren con el alma.
Bochi: –Nos permitimos querernos mucho y pintar de rosa una situación varonil rockera. Nos damos un abrazo, lloramos, ¿cuál es el problema?

“A partir de ahora, disculpá”, se ríe Piti al ver menos fernet en el vaso. Esa inocencia también lo ataca sobre el escenario, donde se permite no disimular la sorpresa de ver a esas miles de personas ajustadas a sus letras y la a música de su grupo. Se ríe de sí mismo, y le cuesta explicar su propia posición en los lienzos del rock local: “¿La última banda graffitera? La verdad es que no lo habíamos pensado”, confiesa. Así parece ser. Las Pastillas del Abuelo encarnan un paradigma paradójico de los 2000: se hicieron conocidos por escrachar toda la ciudad con aerosol a la vieja usanza, pero también por las redes p2p y su página web, donde colgaron por primera vez El Sensei, un hit-bit sin fonograma que ya no tocan en vivo (aunque fue elegido como uno de los 100 temas de la década por el NO); conviven con la era del indie, pero no forman parte del paquete, y lo más importante (para ellos, más aún después del “que la sigan mamando”): no son el capricho de ningún periodista sino de su propia gente: un mestizaje inaudito entre La Renga y Lily Allen. “En cuanto a la escena del rock, cuando nos empezó a ir bien, desarrollarse musicalmente era complicado. Ahora, por otros motivos, es todavía más difícil: cuesta cada vez más tocar, conseguir gente que confíe en lo que hacés, y girar se hace más caro”, compara Fernando, pero a Piti no le pidan que cabecee: “No podría hacer un balance de la década, soy muy malo para eso. Imaginate que hace poco empecé a escuchar Seru Giran”.

–¿Cómo afrontaron concretamente el “y ahora qué”?

Bochi: –Una de las primeras metas fue encontrar un lugar de ensayo propio, donde poder hacer y deshacer a gusto. Construimos una sala que quedó terminada con ese plus que nos acompañó siempre, porque sabíamos que iba a estar buenísima, pero no sé si sabíamos que iba a estar tan buena.

Fernando: –Es porque lo encaramos para que fuera la mejor sala del mundo y la hicimos todos con las mismas ganas. Para nosotros, es la mejor sala del mundo... la ve Metallica y la compra (risas).

Bochi: –¿Vas a tener una sala así para juntarte a tomar mate? Hay que seguir ensayando, sacar temas nuevos, y hasta reversionar temas viejos.

–¿Qué cosas hicieron bien, y cuáles mal?

Fernando: –Lo mejor que podríamos haber hecho es hacernos amigos, porque, ¿qué pasa cuando hay que enfrentar cosas que salen mal? Para la presentación del primer disco supusimos que podíamos arreglarnos solos, y supusimos mal, porque a los pocos temas tuvimos que parar por las doscientas personas con entrada que no podían pasar. Pusimos todo en riesgo: a nuestra gente, lo que veníamos haciendo, la manera de laburar, y nosotros éramos los responsables, no podíamos mirar a nadie. Empezamos a laburar con un manager, y si bien progresamos en muchas cosas, también salieron mal otras. En algún punto el primer disco (Por colectora, 2005) tampoco salió bien, terminamos en juicio con la discográfica.

Piti: –Siempre que nos equivocamos fue en el cómo, pero nunca en el qué.

–En lo musical, ¿hacia dónde creen que fueron con Crisis.*?

Piti: –Desestructuramos un poco las armonías sin dejar de hacer canciones. La limamos un poco más, ya no es exclusivamente estrofa–estribillo-estrofa-estribillo.

Fernando: –El segundo disco (Las Pastillas del Abuelo, 2006) es muy rockero. Cuando nos metimos a grabarlo, le mostramos el primero al productor y le dijimos: “Esta es la versión gay de lo que hacemos, fijate qué amariconado suena; queremos la versión de lo que realmente hacemos”. Terminó siendo un material más crudo, más distorsionado, con Bochi metíamos seis guitarras por tema y hubo más solos, más rock. En Crisis.* estructuramos más los arreglos.

–¿Cómo lo recibió la gente?

Piti: –Hubo críticas, pero después se fueron acostumbrando.
Bochi: –Me parece que ésa fue una percepción nuestra. Este disco es mucho más musical, estábamos muy para adentro y pensamos que no iba a pegar de una. Encima, para nuestra conciencia, la presentación en el Malvinas Argentinas no salió del todo bien, tuvimos muchos problemas técnicos que hicieron que no fuese nuestra mejor ejecución en vivo. Estábamos preparados para escuchar los grillos, pero nos sorprendió que hubiera tanta gente cantando los temas nuevos.

Fernando: –Quisimos dar un paso y alquilar inalámbricos, un escenario, generar una movida grande. Pensamos que era el momento de hacerlo, de ponernos un petardo en el orto y salir disparados desde el cuarto palco de abajo de un asiento... Pero la verdad es que hacer eso es un quilombo. De repente escuchás una trompeta (imita un ruido estridente), se corta todo, el escenario se convierte en un caos, todo el mundo empieza a pifiar, es como una batería de cocina cayendo por las escaleras mientras la gente te mira y piensa: “¿Eso es nuevo, o están drogados?” (risas).

Piti: –A veces nos salva la euforia de la gente. En esas situaciones, si no fuera por la convicción de que transmitimos un montón, pensaríamos: “Este recital es una mierda”. Por suerte tuvimos revancha con el segundo Malvinas, que fue uno de los mejores.
Fernando: –Ahora que lo pienso, falló la presentación del primer disco, el segundo no lo presentamos nunca, y la del tercero también salió mal. El próximo directamente hay que despedirlo (risas).



* Las Pastillas del Abuelo se presentan el sábado 5 de diciembre a las 21 en el estadio auxiliar de Ferrocarril Oeste, Avellaneda 1240.
nos vemos pronto






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